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Alma de Barro · Memoria de una casa

La casa donde quería envejecer

La historia de Alma de Barro, en El Puente del Arzobispo.

La fachada original. Su recuperación sigue pendiente.
La fachada original. Su recuperación sigue pendiente.

Encontré esta casa mientras imaginábamos nuestra vejez.

Era diciembre de 2023, entre Navidad y Año Nuevo. Claudio y yo estábamos frente al fuego, en nuestra casa de Robledo de Chavela, comiendo galletitas y dulces que yo había preparado. Después de treinta y dos años de matrimonio, íbamos a recibir por primera vez el año solos. Nuestros tres hijos lo pasarían en otros lugares.

Aquella quietud nos llevó a hablar del futuro. De nosotros, de los hijos, de los nietos que quizá llegarían algún día. Queríamos seguir teniendo una casa donde cupieran todos. Una casa para las sobremesas largas, para los amigos, para que nadie tuviera que marcharse porque faltara sitio.

Queríamos mucho la que teníamos, pero hasta para comprar un litro de leche necesitábamos el coche. Empezamos a preguntarnos cómo sería vivir allí cuando fuéramos mayores.

Esa misma tarde abrí un portal inmobiliario. Buscaba una casona con historia. Yo soñaba con el norte, con el frío y la lluvia que tanto me gustan. Claudio propuso que no nos alejáramos más de dos horas de Madrid, donde nuestros hijos estaban haciendo sus vidas. Tracé un círculo en el mapa y comencé a buscar.

Tardé unos cuarenta minutos.

Primero vi la fachada. Después, una sala con una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Me bastaron aquellas dos fotografías. Supe que era la casa donde quería envejecer.

Como no conseguíamos contactar con la inmobiliaria, cogimos el coche y fuimos con Teodoro a conocer el pueblo. No pudimos entrar, pero frente a aquella fachada volví a sentirlo: era ella.

Cuando finalmente cruzamos la puerta, nos recibió un olor a humedad que todavía recuerdo. La casa llevaba más de una década abandonada y estaba muy oscura. Nuestros hijos, cuando la visitaron por primera vez, se asustaron al verla. Yo, sin embargo, siempre vi la luz que después pudimos rescatarle. La sentía como una joya olvidada durante años, cubierta de tierra, esperando amor y lustre.

Luego de algunas idas y vueltas, meses después conseguimos adquirirla.

Me ocupé del proyecto, de la distribución y de la decoración. Lo primero que decidí fue conservar todos los suelos hidráulicos. No quitamos ni uno. Mantuvimos la estructura de la casa y renovamos lo necesario para vivir cómodamente en ella: electricidad, agua, calefacción y baños. Donde había uno, hoy hay seis.

La cueva necesitó limpieza y cuidado. La antigua pajarera exigió mucho más trabajo: años de abandono habían dejado una enorme acumulación de suciedad. Hoy es mi rincón de lectura. Lo llamo «Casa Pueblo», en homenaje a Casapueblo, en Uruguay. Cuando me siento allí, todavía me maravilla pensar que ese lugar ya estaba en la casa, esperando a que pudiéramos recuperarlo.

Durante los primeros meses viajaba desde Madrid los lunes, miércoles y viernes. Después vinieron las noches en alojamientos de la zona y, finalmente, una pequeña casa junto a la plaza que compramos para poder quedarme. Viví durante meses en El Puente del Arzobispo, trabajando a distancia y siguiendo la obra cada día. Cruzar la plaza para ir a misa se volvió parte de mi vida.

También dudé. Hubo un tiempo en que todo parecía destruido. La casa que habíamos conocido estaba abandonada, pero ordenada; durante la obra costaba reconocerla. Un día, María del Sol me consoló diciéndome que, para resurgir, a veces había que tocar fondo. Sus palabras me acompañaron. Claudio pudo ver lo que yo había imaginado casi al final, cuando los espacios empezaban a brillar.

Fueron casi dos años, compartidos con los oficios del pueblo. Carlos hizo la barandilla y nos ayudó con la estructura; David renovó la electricidad; Juanjo, el fontanero, instaló el agua y la calefacción. Compramos allí los materiales. Me alegra que una parte de lo invertido haya quedado en manos de quienes nos ayudaron a hacerlo posible.

Los vecinos la llaman «la casa de tío Emilio». Muchos recuerdan haberse alojado allí, o que lo hiciera alguien de su familia. En su antiguo taller tiene hoy su espacio Grace & Co. Me importaba volver a darle vida a aquel lugar de trabajo.

En Semana Santa de 2026 nos reunimos, por fin, Claudio y yo con nuestros tres hijos y sus parejas. Para mí, esa fue la verdadera inauguración: tenerlos a todos allí.

Todavía faltan cosas por recuperar, entre ellas la fachada que me enamoró. Pero la casa ya guarda nuestras reuniones, nuestras conversaciones, nuestra vida.

Ahora espero ver correr por ella a nuestros nietos. Aún no han llegado. Su lugar, sin embargo, lo imaginamos aquella tarde de diciembre, frente al fuego.

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Contacto de prensa · WhatsApp
Proyecto
Alma de Barro
Localización
El Puente del Arzobispo · Toledo
Proyecto, distribución y decoración
Grace Cid
Compra
Primer semestre de 2024
Duración de la obra
Dieciseis meses